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La rebelión de Arévalo y la guerra de las Comunidades

En este momento, Juan Velázquez era uno de los favoritos de la Corte. Este personaje fue tutor y educador del príncipe Juan, hijo de los Reyes Católicos y encargado de las honras fúnebres y enterramiento de Isabel, maravillosa obra de Fancelli en el monasterio de Santo Tomás de Ávila. De su profundo amor hacia aquel y también de su magnificencia y gusto por el arte, nos habla la inscripción al pie de la obra que dice: "Esta obra fue emprendida y terminada por Juan Velázquez, tesorero y familiar amantísimo del príncipe".

Juan Velázquez recibió muchos dones de la Reina, concediéndole en gobierno las fortalezas de Arévalo y Madrigal con toda su tierra en contorno además de veinte mil maravedíes cada año para el mantenimiento del palacio arevalense en el que residía su madre y él mismo con su familia. Hombre influyente, piadoso y amante de su ciudad, había nacido en el propio palacio hacia 1460, donde su padre, Gutierre Velázquez, ostentaba altos cargos como la contaduría real. Como dato interesante fundó el desaparecido convento de la Encarnación de Arévalo.

Es en estos años cuando Beltrán Yáñez de Oñaz y Loyola, padre de Iñigo López de Loyola, recibe hacia 1505-1506 la invitación de su pariente Juan Velázquez de Cuéllar, para que le enviase a uno de sus hijos a criarse en la casa real de Arévalo. La intimidad que Velázquez y su mujer, María de Velasco, tuvieron con estas reinas y princesas significaron para Iñigo la entrada en el ambiente del aula regia. También en estos años se educa en el palacio arevalense el infante Fernando, que tiempo después sería emperador de Alemania tras ascender al trono Carlos I. La amplia formación cortesana, cultural, profesional, política y religiosa de Íñigo fueron extraordinario equipaje en sus posteriores empresas. Entre sus aficiones estuvo la caza a caballo con ballesta por los campos y pinares cercanos.

Los años de inestabilidad política que se inician desde la muerte de Isabel la Católica en 1504 concluyen con la llegada de Carlos I en 1517. El rey, desde Flandes, había ordenado que la pensión de treinta mil ducados de por vida y los cinco mil de viudedad dejados por su abuelo Fernando el Católico a su segunda esposa, Germana de Foix, sobre las rentas de Nápoles, se pasara a las villas de Arévalo, Madrigal y Olmedo, con sus tierras y jurisdicción "para que ella las toviese por su vida para su asiento y morada".

Las tres villas quedaban así enajenadas de la Corona Real castellana, contraviniendo lo dispuesto por Isabel en su testamento al confirmar los privilegios medievales anteriores y al afirmar que "en tiempo alguno la dicha villa de Arévalo sería enajenada ni apartada ni quitada de su Corona Real por causa alguna”.

Al conocer Juan Velázquez de Cuéllar y todos los vecinos de la villa de Arévalo la decisión del emperador de sacarla de la Corona para dársela en señorío a la reina viuda Germana de Foix, acudieron en embajada a ver al Cardenal Cisneros para que evitase lo que ellos consideraban un atropello a sus antiguos derechos. Por estos motivos, y para defender la posición de Arévalo, Juan Velázquez "metió mucha gente de a pie y a caballo, así suya, como de algunos grandes, sus amigos y deudos de su mujer y armas y artillería y se puso en levantamiento".

Desde noviembre de 1516 hasta marzo de 1517, la villa fue sitiada por los ejércitos reales. En una de las acometidas de los ejércitos contra la villa, murió su hijo mayor Gutiérrez el 22 de febrero de 1517. Tras la rendición y promesa de Cisneros de tratar el tema con el Rey, Juan Velázquez de Cuéllar, fue destituido de todas sus encomiendas. Abatido, cansado y arruinado, murió en Madrid el 12 de agosto de 1517.

Truncada la carrera en la Corte y habiendo vivido en primera persona la resistencia armada de Arévalo, Iñigo se dirige al Duque de Nájera: desde entonces, la vida de Íñigo toma nuevos rumbos. Pasarían algunos años para descubrir el nuevo camino que le llevaría por la vida religiosa y ser fundador de la Compañía de Jesús, escalando los más altos puestos en la historia de la Iglesia.

Tras los acontecimientos de la rebeldía de Arévalo, la villa siguió manteniendo contacto con Carlos I a fin de lograr la seguridad de regresar a la Corona Real como dispuso la difunta reina Isabel en su testamento. Durante los años 1519 y 1520 se suceden los contactos para acercar posiciones, más aún cuando la rebelión comunera de Castilla sitúa a Arévalo en el centro de las ciudades rebeldes. Durante el verano de 1520 Arévalo, con el alcalde Ronquillo al frente, se sitúa al lado de la Corona con el objetivo de lograr, sofocada la rebelión, el reingreso de la villa al realengo castellano. Sofocada la rebelión comunera, Arévalo regresa a la Corona de Castilla.

A mediados del s. XVI la villa, al igual que toda Castilla, inició un imparable declive político, perdiendo población e importancia social. A pesar de ello Arévalos se mantiene como importante núcleo económico manufacturero. A través del catastro de Ensenada, elaborado durante el reinado de Fernando VI, conocemos muchos datos de mediados del s. XVIII, momento en que la villa es considerada un núcleo en recuperación demográfica, centro fabril y de servicios de importancia. Las respuestas al Interrogatorio General del Catastro muestran toda una variedad de oficios hoy desaparecidos que, en conjunto, nos revelan un Arévalo que fue centro comercial de una amplia zona con, por ejemplo, 934 maestros, oficiales y aprendices, dos treintenas de vecinos dedicados al metal y la madera, 334 vecinos dedicados a diferentes servicios, 77 familias mercaderes, etc. La importancia del comercio en la villa del siglo XVIII se resume en toda una variedad de oficios desaparecidos hoy, tales como fabricantes de botas de vino, tejedores de lienzo, trabajadores de piel y calzado, cereros, cuberos, polvoristas, caleros, doradores, plateros, vidrieros, tallistas o escultores entre otros. Abundan también los hornos, 5 de teja y otros tantos de cal con 11 industrias, o 7 molinos harineros, cuatro tenerías, dos tintoreros y trece mesones dan buena cuenta de la pujanza económica de la villa en la alta Edad Moderna.

Su censo ascendía a 805 familias, incluidos los dos centenares de personas a los que se definía como viudas y pobres sin recursos. El total de la población fue en aquel momento de 3439 arevalenses, añadiéndoles 256 más, entre las monjas y frailes que habitaban en sus entonces 5 conventos y 4 monasterios.

Con Carlos III llegó la época de la plena ilustración que representó un avance general visible en nuestra villa con un nuevo impulso económico y reformas en obras públicas tales como la construcción de las Paneras Reales o reparaciones varias como la acometida en el puente de Valladolid y puerta del Adaja en 1781.

 

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